Hace un par de semanas, luchando contra el aburrimiento, cogí un libro. En el momento que empecé a leer, no quería parar. Me enamoraba todo lo que hablaba la protagonista. Me enamoraba ella y lo que quería: viajar, ir a otro país en busca de aventura. Aventura. Creo que no existe una palabra que me guste más. Para la protagonista debía de ser igual porque se lanzó a ella sin dudarlo. ¿Acaso no es un sueño para todos ir a otro país, aprender su lengua, conocer a nuevas personas, nuevas culturas, nuevas comidas? Sí, claro que sí.
Así pues, la protagonista viajó dejando atrás un posible marido y a su familia. ¿Si esta chica hubiera estado enamorada de ese posible marido habría viajado? Quién sabe. Si un espíritu es libre, es libre siempre. Sin embargo dejar la familia atrás debe ser muy duro. Aún así emigró, al fin y al cabo, si se equivocaba podría volver. Creo que todos tendríamos que arriesgarnos y equivocarnos.
Una vez allí, sola y perdida en un país desconocido tuvo que sentir miedo. ¿Y qué? Era libre. Todos hemos querido ser alguna vez libres, hacer lo que uno quiera sin dar explicaciones, movernos sin decir el paradero, ¿y lo somos? Claro que no.
Pero ella sí. Y un espíritu libre enamora.
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